El sindicato español CNT nos ha invitado a escribir una contribución sobre el cálculo del tiempo de trabajo para su revista teórica «Estudios». El nuevo número acaba de publicarse y aborda, en tres volúmenes, los temas del sindicalismo revolucionario, la ecología y la planificación económica. Puede solicitarse AQUÍ.
Compartimos a continuación nuestra contribución, en la que analizamos la relación entre sindicalismo, autogestión y cálculo del tiempo de trabajo.
Autogestión y Cálculo del Tiempo de Trabajo
1.Introducción: Planificación sin dominioDurante mucho tiempo, la economía planificada se entendió como sinónimo de planificación centralizada y estatal. Sin embargo, en los últimos años, esto ha cambiado en cierto modo: por un lado, se ha enfatizado el hecho de que no solo las instituciones estatales, sino también las empresas, llevan a cabo planificación;1 por otro lado, se han buscado cada vez más formas de realizar la planificación de manera democrática, involucrando al mayor número posible de participantes.2 Los atributos «descentralizado» y «democrático» se mencionan cada vez más en relación con la planificación. También en el anarcosindicalismo se plantean (nuevamente) las grandes y necesarias preguntas: «¿cómo alimentaríamos una ciudad? ¿cómo funcionaría un aeropuerto en la anarquía? ¿y un hospital? ¿qué haríamos con el comercio internacional? ¿y con el turismo?»3
Celebramos el resurgido interés por una planificación económica democrática. Como escribió Abad de Santillán sobre la relación entre anarquismo y comunismo, «el hombre lobo del hombre no puede convertirse en verdadero hermano del hombre más que en condiciones materiales seguras.»4 Sin embargo, estas condiciones materiales seguras no pueden alcanzarse sin planificación; es la planificación la que permite una acción consciente, autónoma y coordinada.
Desde la perspectiva de un socialismo libertario, una economía planificada debe cumplir con ciertos requisitos fundamentales. Debe tratarse de una planificación democrática que exprese el conocimiento y la experiencia cotidiana de los verdaderos expertos en economía: los trabajadores y trabajadoras. No debe dar lugar a nuevas (o antiguas) formas de dominación, explotación y alienación. Las posibilidades cibernéticas no deben llevar a que los trabajadores, en lugar de ser los sujetos de la planificación económica, se conviertan en sus objetos. La mayor parte de la planificación posible debería llevarse a cabo en las unidades económicas inferiores, que, a su vez, deben estar organizadas de manera directamente democrática. El punto de partida de todos los procesos económicos debe ser siempre las necesidades reales de las personas.
Si se aceptan estos exigentes presupuestos, surge inmediatamente la dificultad de cómo coordinar la actividad económica de unidades autogestionadas entre sí y armonizarla con los deseos de consumo. En este artículo, presentaremos un concepto que, desde nuestro punto de vista, ofrece las respuestas más coherentes a esta cuestión. Se trata de la teoría del cálculo del tiempo de trabajo. En los últimos años, esta teoría ha experimentado un verdadero resurgimiento y su obra principal de 1930, los Principios fundamentales de la producción y distribución comunista, escrita por el Grupo de Comunistas Internacionalistas (GIKH), se reeditó dos veces el año pasado en España.5 La organización anarquista alemana «Perspektive Selbstverwaltung» (Perspectiva autogestión) incorporó el cálculo del tiempo de trabajo en su programa a principios de 2025.6 Aunque el concepto del cálculo del tiempo de trabajo tiene su origen histórico en el comunismo consejista germano-holandés, queremos demostrar aquí que esta teoría debería ser relevante para todas las corrientes políticas que otorgan un papel central a los consejos y a la autogestión obrera en la economía.
En síntesis, esta teoría se basa en la idea de que todos los productos y servicios humanos pueden compararse a través del tiempo de trabajo que contienen. Su base es, por lo tanto, el tiempo de trabajo, que se utiliza como unidad de cálculo y «moneda» en toda la planificación económica. Las empresas dentro de una economía basada en el tiempo de trabajo están bajo el control de los trabajadores y trabajadoras, quienes planifican su producción de manera autónoma y elaboran planes de producción. Estas empresas gozan de una gran autonomía en la planificación, cooperan entre sí y se organizan de manera independiente. Una contabilidad social examina los planes de producción de las empresas según criterios democráticamente acordados y publica los «precios» de los productos en tiempo de trabajo. Estos «precios» se derivan directamente de las estimaciones de los planes de las empresas. Todas las personas pueden consultar estos planes, ya que no existen secretos empresariales.
El grupo cibercomunista español Cibcom escribe en su introducción a la nueva edición de los Principios fundamentales: «¡No podíamos creer que un libro tan relevante hubiera caído en el olvido! […] Es un libro que, por primera vez, propone un modelo concreto de economía comunista que cualquier persona puede entender.»7 El hecho de que esta teoría económica haya permanecido casi cien años sin ejercer una influencia significativa en los movimientos socialistas no debería llevarnos a concluir que es irrelevante. En lugar de ello, deberíamos asumir que esta teoría ha pasado desapercibida simplemente porque no encajaba con las concepciones hegemónicas de las dos grandes corrientes marxistas del movimiento obrero: la socialdemocracia y los comunistas.
2.Autogestión y marxismo
El siglo XX fue en gran medida un siglo de socialismo de Estado, en el que, en la misma medida en que se exageró el papel del Estado, se ignoraron y combatieron las experiencias de autogestión. El modelo soviético, escribe Ruggeri en su historia de la autogestión, «hegemonizó las formas de pensar y practicar los caminos hacia el socialismo durante gran parte del siglo XX. Esta vía hacia el socialismo, sin embargo, excluyó a las formas económicas autogestionarias y las reemplazó por la planificación centralizada desde un Estado propietario de los medios de producción, sin demasiado margen para algún tipo de autonomía de los productores.»8
El menosprecio del papel de la autogestión se refleja, por ejemplo, en el escaso reconocimiento de las experiencias revolucionarias en la parte republicana de España entre 1936 y 1939, donde aproximadamente un tercio de la población en edad laboral trabajaba en empresas colectivizadas.9 Sobre ello, Augustin Souchy escribió: «De todas las conmociones sociales del siglo XX, la revolución social en España después del 19 de julio fue la más inspirada por el espíritu socialista. No tomó el camino de la dictadura del proletariado, como en Rusia, sino el camino de la libertad. Éste es su gran mérito […] No es exagerado decir que el proceso de la colectivización de la vida económica en España es el experimento social más importante del siglo XX. No fue una revolución desde arriba. Todo fue hecho desde abajo, en la periferia, por el pueblo mismo. Fue organizado un nuevo orden económico, fue abolida la propiedad privada de la tierra y de los medios de producción. En lugar de la propiedad privada se tuvo la propiedad colectiva. No hubo más beneficios del empresario particular. Pero tampoco fue el Estado dueño de los medios de producción».10
Esta experiencia fue ignorada «por partida doble», según Ruggeri. No solo por los vencedores fascistas de la guerra civil, sino también «desde la izquierda marxista, en especial en la tradición comunista tributaria del estalinismo». En este contexto, «las colectivizaciones y la autogestión industrial pasaron a ser un episodio menor […]. Inclusive los propios anarquistas, diezmados y casi olvidados después de la derrota y el exterminio por el franquismo, han producido pocas obras analíticas sobre el proceso de autogestión urbana y rural que intentaron llevar adelante.»11
Cabe mencionar que el marxismo dominante en el siglo XX no puede equipararse con el núcleo de la teoría de Marx. Muchos de los prejuicios del marxismo autoritario contra la autogestión contradicen las ideas de Marx y Engels, quienes respaldaron con entusiasmo las tendencias autogestionarias durante la Comuna de París. Marx y Engels siempre partieron de la idea de la «extinción del Estado», al que dedicaron burla y desprecio en muchos de sus escritos. Engels llegó a escribir en una carta que ellos «proclamaron la desaparición del Estado antes de que existieran los anarquistas».12 Aunque esta afirmación pueda ser exagerada, refleja su crítica fundamental al Estado, que fue reinterpretada de manera forzada por sus seguidores, especialmente Kautsky, Hilferding y Lenin. El Estado pasó a considerarse el agente central de la planificación social, un instrumento de una interminable fase de transición al comunismo, con todas las consecuencias conocidas. Sin embargo, dentro del marxismo también existieron otras corrientes. Azzellini y Ness escriben al respecto: «A pesar de todo, una minoría, reflejada en los escritos de Marx sobre la Comuna de París, en el comunismo consejista, el trotskismo, el anarcosindicalismo, el operaísmo italiano y otras corrientes ‘heréticas’ de la izquierda, siempre ha definido el control obrero y los consejos de trabajadores como la base de una sociedad socialista autodeterminada».13
La idea de la autogestión, la concepción de una asociación de personas libres e iguales y la desaparición del Estado están presentes tanto en el anarquismo como en las corrientes marginales del marxismo, en particular el comunismo consejista. Fritz Behrens, un economista inicialmente influyente en la RDA pero luego marginado, escribió en un texto «herético» e inédito de los años 70 sobre la democracia consejista: «Los comunistas y los anarquistas tienen el mismo objetivo final, solo se diferencian en el camino para alcanzarlo. Una sociedad sin clases, que comienza a manifestarse en una sociedad autogestionada, es una sociedad organizada. No se trata de organización o falta de organización, sino de dos principios distintos de organización. La sociedad debe estar organizada, pero esta organización debe ser libre, libre de la dominación de unos sobre otros, debe surgir desde la base, debe ser autocentralismo de las masas».14
Las corrientes del anarcosindicalismo y el comunismo consejista comparten muchas demandas: la sociedad debe organizarse de abajo hacia arriba a través de consejos de trabajadores a nivel empresarial y regional. En la mayor medida posible, las decisiones deben tomarse en la base mediante la autogestión, la democracia directa y una amplia autonomía. Los representantes en los consejos superiores solo deben ser delegados con mandato imperativo. Las estructuras estatales deben volverse superfluas y o «extinguirse» o ser abolidas de inmediato. Las empresas no son propiedad privada de sus trabajadores, sino que administran los medios de producción en nombre de la sociedad.
3.¿Consejos sin economía?
A pesar de la proximidad potencial, los comunistas consejistas germano-holandesas formularon a menudo críticas muy severas al anarcosindicalismo, en particular al papel dominante de los sindicatos dentro de este. No profundizaremos en estas polémicas, sino que nos centraremos en una crítica importante que remite directamente al cálculo del tiempo de trabajo. Se trata de la cuestión de acuerdo con qué reglas los colectivos de producción autogestionados distribuyen sus productos y cómo se determina la parte de los trabajadores en el producto social total. Según el Grupo de Comunistas Internacionalistas, los anarcosindicalistas no tenían una respuesta propiamente económica a esta cuestión. Las fórmulas anarquistas comunes como «tomar según las necesidades» o «libre acuerdo» dejaban demasiado margen, especialmente en tiempos de crisis y revolución, lo que conllevaba el peligro de arbitrariedad y abuso de poder, y podía convertirse en su contrario, en dirigismo estatal y una economía de racionamiento.
Estamos de acuerdo con el GIKH en que «tomar según las necesidades» probablemente no sea viable bajo condiciones de escasez y que, a pesar de la buena voluntad de los participantes, esto probablemente llevaría a la reproducción de estructuras estatales. Poco antes del estallido de la revolución española, el GIKH pronosticó: «Sin embargo, inmediatamente después de la toma del poder, este sistema de distribución [tomar según las necesidades; nota de IDA] aún no podía aplicarse. En esta situación, los bienes de consumo se «racionarían» de acuerdo con una norma establecida que nos fijan los «maestros de la estadística». Nos «asignan» la cantidad que podemos utilizar.»15 El GIKH destacó, de forma algo exagerada, que el anarquismo, en última instancia, no difería en la cuestión de la distribución de las concepciones bolcheviques y socialdemócratas de la época, ya que debía basarse en el racionamiento, cálculos estadísticos y representación sindical: «Este estado de cosas es exactamente el mismo que imaginaron los comunistas de Estado. Abajo están las masas, arriba los funcionarios que dirigen y gestionan la producción y la distribución. Así, la sociedad no se basa en realidades económicas, sino que descansa en la buena o mala voluntad o competencia de ciertos individuos. […] La «administración principal» debe dotarse de los medios para afirmarse, es decir: ¡debe crear un Estado frente a esos trabajadores!»16
El GIKH subraya el punto crucial de que una estructura de consejos por sí sola no sustituye principios económicos: «Y es precisamente la revolución rusa la que demostró que el problema no es: ¿Cómo construir la vida económica de las empresas, federativas o centrales, sino que la cuestión es: ¿A qué condiciones económicas está ligada la vida económica en las empresas, para que los propios trabajadores puedan gestionar y dirigir la producción?».17 El mérito del GIKH es haber ido más allá de los consejos y la autogestión y haber exigido una «ley económica general» que «unifica todo el proceso económico» y que forja económicamente unidas producciones ya interdependientes en términos técnicos. Esta unión, sostiene el GIKH, es «de una naturaleza completamente diferente a la representada por las llamadas «teorías de la socialización» [Se refiere aquí a las teorías de autores socialdemócratas como Rudolf Hilferding, Otto Neurath y Karl Kautsky, en las que el Estado juega el papel clave en la planificación económica; nota de IDA]. Estas teorías nunca tuvieron en mente otra cosa que la fusión organizativa de las distintas ramas de la producción. Abordan la cuestión de qué industrias deben unirse y cómo puede resolverse el problema desde el punto de vista organizativo y técnico. Esto no tiene nada que ver con las leyes del movimiento de un nuevo sistema económico.»18
Esta exigencia de leyes económicas, de una unidad de cálculo que pueda servir como señal para los procesos económicos, así como de planificaciones descentralizadas, recuerda a los debates sobre el cálculo socialista en los años 1920 y 1930. En ese contexto, los fundadores de la «escuela austriaca», Ludwig von Mises y Friedrich August von Hayek, acusaron a la planificación socialista (especialmente la estatal) de operar a ciegas en términos económicos: en el socialismo «no se puede saber qué, cómo, por quién, cuándo y de qué manera, con qué materias primas y en qué cantidad se debe producir para que las personas obtengan lo que necesitan».19
Como es bien sabido, entre 1936 y 1939, la CNT española tendió a la centralización y a políticas estatales. Sin embargo, esto no se debió a una influencia marxista, sino que, según Gómez, «la propuesta de estado sindical fue producto de una evolución endógena en el sindicalismo revolucionario español.»20 Bernecker, quien observa este desarrollo con gran escepticismo, sostiene que la CNT, durante los tres años de la guerra civil, tendió «a una organización burocrático-centralista, que abandonó los principios de autonomía de base y decisión independiente en favor de una estructuración jerárquica y una planificación económica global».21 Esto también implicó un régimen bastante estricto de disciplina laboral (por ejemplo, la reintroducción del trabajo a destajo) en las empresas socializadas, que no era muy diferente de los reglamentos fabriles de empresas capitalistas o soviéticas.22
La razón de la tendencia centralista de la CNT durante la guerra civil no parece deberse exclusivamente a las extremadamente difíciles condiciones de aquellos años, es decir, la guerra civil y las configuraciones políticas, sino también al hecho de que el anarquismo y el anarcosindicalismo en 1936 no estaban suficientemente preparados para abordar las cuestiones concretas que planteó la revolución desde el primer día. «La pregunta de cómo organizar la nueva sociedad sin reconstruir el Estado», escribe Ruggeri, «fue claramente algo que superó la capacidad teórica del pensamiento ácrata existente.»23
En los colectivos agrarios surgió un mosaico de sistemas de remuneración y relaciones económicas muy diversas: «La abolición del dinero llevada a cabo principalmente en Aragón», escribió Bernecker, «no fue el resultado de una consideración teórica sobre la moneda ni el inicio de una reforma planificada del sistema general de intercambio y del medio de pago legal; más bien ocurrió de manera espontánea, es decir, sin una orden central».24 No se logró la igualdad de género en la remuneración y, a través del salario familiar, que se encontraba con frecuencia, se reforzaron los roles de género tradicionales.
Sin una regulación económica clara para la autogestión productiva, se fomentó el egoísmo empresarial, escribe Bernecker: «El temor legítimo de que, en caso de socialización ‘desde arriba’ o ‘desde afuera’, la alienación del trabajador y su dependencia no se verían eliminadas, llevó en la fase inicial a una colectivización descoordinada y al egoísmo empresarial.»25
Una teoría impresionante sobre cómo pueden combinarse la planificación económica y la autogestión fue desarrollada por Abad de Santillán en su libro publicado en vísperas de la revolución, El organismo económico de la revolución. Sin embargo, aunque se le reconoce el mérito de haber introducido «por vez primera en el anarquismo, la discusión acerca de la planificación estratégica de la economía»26 y que incluyó en su bibliografía los Principios fundamentales incluso como estudios «interesantes»27, en su obra solo se encuentran pocas explicaciones económicas. Así, se expresa de forma imprecisa al preferir el «control social del consumo» frente a la economía monetaria o al principio de tomar según las necesidades.28 Los consejos económicos locales, regionales y federales deberían establecer normas como la «valoración del trabajo» o el «signo de cambio».29 Las estadísticas sobre producción y consumo deberían desempeñar un papel clave, ubicando las oficinas estadísticas bajo la jurisdicción del Consejo del crédito y del intercambio. Este consejo cumpliría funciones económicas centrales, ya que «con la estadística de la producción y del consumo, regularía la circulación de los productos, atendería y transmitiría los pedidos, llenando la función del comercio actual. […] En el caso probable de la institución de un signo de cambio, no con el significado de la moneda capitalista, sino para responder a su primitivo sentido de facilitar la circulación y el intercambio de los productos, el Consejo del crédito y del intercambio administraría esos signos. […] Lo que importa es que toda oferta y toda demanda no se harían individualmente, sino a través del respectivo Consejo del crédito y del intercambio.»30
En el influyente libro de Abad de Santillán no se encuentran muchas más referencias concretas a una economía autogestionada que estas indicaciones dispersas. Si seguimos la crítica de la GIKH, las distintas unidades económicas no pueden operar de manera efectiva y autónoma mientras falten normas económicas generales para la economía cooperativa. En ese caso, la planificación y distribución económica deben ser llevadas a cabo por funcionarios ubicados en posiciones clave, actuando en nombre de las empresas y de los trabajadores. Esto conlleva el riesgo de burocratización, ineficiencia y arbitrariedad, pero sobre todo implica que la economía solo puede coordinarse mediante una red completa y densa de diferente tipos de consejos, como lo esbozó Santillán en su libro.31 A continuación, queremos presentar un principio económico que permite una planificación autónoma a nivel empresarial y, al mismo tiempo, una estructura de consejos más sencilla. Creemos que el principio del cálculo del tiempo de trabajo no compite con una estructura de consejos sindicalista, sino que ambos se complementan.
4.Tiempo de vida, tiempo de trabajo
La idea de que el tiempo de vida de una persona es valioso es, probablemente, un principio universalmente humano. Ya en el año 62 d.C., el filósofo romano Séneca se sorprendía de que «nadie a quien se le consagra tiempo se estima estar en deuda, cuando no obstante beneficia del único bien que ni el más agradecido podrá restituir nunca.» En la utopía socialista temprana de Robert Owen, el tiempo de trabajo y los bonos de trabajo desempeñaban un papel importante, al igual que en el sistema de dinero-trabajo de Pierre-Joseph Proudhon, que Marx criticó duramente. También en el siglo XXI se exige una distribución más justa del tiempo, entre otros, por autoras feministas.32 En muchas ciudades existen bancos de tiempo, utilizados para la coordinación de redes vecinales o incluso como una forma de previsión solidaria para la vejez.
Para Marx, el tiempo como tiempo de trabajo estaba en el centro de su interés. Por un lado, en su análisis crítico del capitalismo, donde el tiempo de trabajo socialmente necesario determina el valor de las mercancías, el trabajo humano es explotado como fuente de valor y se libra una lucha constante por la duración de la jornada laboral. Por otro lado, el tiempo de trabajo también debería ser una magnitud central en el comunismo, una vez que la explotación, la competencia y la producción de mercancías hayan sido abolidas. En los Grundrisse, un trabajo preparatorio de El Capital, Marx argumenta que toda sociedad, incluida una comunista, debe gestionar el tiempo de manera económica y racional: «Una vez supuesta la producción colectiva, la determinación del tiempo, como es obvio, pasa a ser esencial. Cuanto menos es el tiempo que necesita la sociedad para producir trigo, ganado, etc., tanto más tiempo gana para otras producciones, materiales o espirituales. Al igual que para un individuo aislado, la plenitud de su desarrollo, de su actividad y de su goce depende del ahorro de su tiempo. Economía del tiempo: a esto se reduce finalmente toda economía.»33
En su Crítica del Programa de Gotha, Marx propuso certificados de trabajo para equilibrar producción y consumo: «La sociedad le entrega [al productor; nota de IDA] un bono consignando que ha rendido tal o cual cantidad de trabajo (después de descontar lo que ha trabajado para el fondo común), y con este bono saca de los depósitos sociales de medios de consumo la parte equivalente a la cantidad de trabajo que rindió. La misma cantidad de trabajo que ha dado a la sociedad bajo una forma, la recibe de esta bajo otra distinta.»34
El Grupo de Comunistas Internacionalistas, y en particular su miembro Jan Appel, actualizaron y expandieron estas ideas marxistas en la década de 1920. Inspirados en las técnicas modernas de contabilidad y gestión de cuentas, desarrollaron un sistema teórico de autonomía empresarial y control público. En este sistema, las empresas publican planes en los que indican el tiempo de trabajo necesario para la producción de un determinado bien. A cambio, reciben una cantidad equivalente de certificados de trabajo, con los que pueden adquirir productos de otras empresas, cuyos costos también se determinan mediante planes publicados. Cada hora de trabajo planificada en la producción, independientemente de su contenido, equivale así a una hora en el consumo. Las empresas se relacionan directamente entre sí y, a través de un sistema de cuentas y transferencias, los procesos se registran de forma transparente.
Una empresa particular, la contabilidad social general, supervisa los planes según normas establecidas democráticamente, gestiona las cuentas y garantiza la transparencia. «Esta contabilidad es una contabilidad en el verdadero sentido de la palabra», escribe el GIKH: «es simplemente una contabilidad contable. Es, en efecto, el punto central en el que convergen todos los hilos de la vida económica, pero este punto central económico no tiene ni dirección, ni administración, ni poder de disposición sobre la producción y la distribución. La «organización de la empresa contable social general» sólo tiene algo que decir en una empresa, en la suya propia.»35
El principio del cálculo del tiempo de trabajo fue desarrollado por el GIKH con un cierto nivel de detalle, aunque el grupo siempre se limitó a describir únicamente los «principios fundamentales». Su objetivo nunca fue elaborar un «manual» detallado ni definir con precisión los organismos y conexiones empresariales que debían establecerse. Los principios expuestos debían ser llevados a la práctica por las organizaciones de masas.
5.Aspectos del cálculo del tiempo de trabajo
Queremos destacar aquí cinco aspectos del cálculo del tiempo de trabajo que también se tratan en los Principios fundamentales y que tienen una gran importancia práctica.
En primer lugar, por supuesto, hay productos y servicios cuyo consumo no requiere certificados de trabajo, es decir, que se distribuyen «gratuitamente». Pensemos en el transporte público, el cuidado infantil, la asistencia, la salud o la educación. Para financiar el sector público, que proporciona estos bienes, no se emiten todos los certificados de trabajo a los productores para su consumo privado, sino que una parte se retiene. La magnitud de esta deducción se calcula mediante un «factor de pago» o «factor de bolsillo», que resulta de la proporción entre el tamaño del sector público y la economía total. Como resultado, los trabajadores, por cada hora trabajada, recibirían, por ejemplo, solo 0,8 horas en certificados para consumo privado, mientras que 0,2 horas se destinan al sector público. Cuantos más productos se distribuyan «gratuitamente», menor será el factor de bolsillo, escribe el GIKH: «Así, el factor bolsillo se hace cada vez más pequeño a medida que crece el comunismo. Es probable que nunca pueda desaparecer por completo, porque, por supuesto, sólo las empresas que satisfacen las necesidades generales pueden cambiar al tipo público. Las múltiples necesidades derivadas de la naturaleza individual de las personas difícilmente pueden incluirse en la distribución social general.»36
La división de la economía en un sector «productivo» y un sector «público», junto con el factor de bolsillo, permite una transición gradual de una fase inicial del comunismo, donde el consumo está ligado a los certificados de trabajo, a una etapa superior en la que rige la máxima: «¡De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades!».
En segundo lugar, en realidad existen dos tipos de certificados de trabajo: los destinados al consumo privado, que se entregan a trabajadores, estudiantes, jubilados o personas incapacitadas para el trabajo, y los destinados al consumo productivo, que existen únicamente en cuentas. Cuando las empresas elaboran planes, diferencian entre el trabajo vivo realizado en la empresa, que se remunera con certificados de consumo privado, y el trabajo contenido en los medios de producción utilizados, para el cual reciben un crédito en horas de trabajo de la contabilidad social. La diferencia es importante, ya que las transacciones entre empresas deberían realizarse, por razones de transparencia, «por la oficina de transferencia», porque solo así «tendremos un registro completo del flujo de bienes en toda la sociedad.»37 En cambio, el consumo privado también se realiza mediante certificados de trabajo impresos. Los trabajadores son completamente libres en la elección de sus productos de consumo. Cada hora trabajada cuenta por igual: una programadora y una trabajadora de limpieza reciben la misma cantidad de certificados de trabajo por el mismo tiempo trabajado, independientemente de su ocupación, género u origen.
En tercer lugar, los planes de producción de las empresas son, en esencia, una promesa de producción a la sociedad. A cambio de esta promesa, las empresas reciben un crédito en horas para adquirir los medios de producción necesarios y remunerar a los trabajadores con certificados. La sociedad, para garantizar el cumplimiento de esta promesa y evitar el desperdicio o el abuso, probablemente tendrá interés en un control de los planes de producción. Este control lo lleva a cabo la mencionada contabilidad social, que aprueba o rechaza los planes según normas generales y iguales establecidas democráticamente. Si una empresa ha planificado bien en el pasado es un criterio importante para la aprobación del plan, ya que solo si las empresas planifican bien se puede mantener el equilibrio entre la oferta y la demanda. Según la GIKH, esto no es una cuestión de pedantería innecesaria, sino una exigencia proletaria fundamental: «Ahora exigimos garantías para conservar el derecho a decidir sobre los medios de producción. Por ello, ahora exigimos normas de aplicación general para la dirección y administración por parte de los propios productores. Hay que vigilar de cerca que estas normas se cumplan efectivamente.»38
En cuarto lugar, asumimos que las empresas autogestionadas tenderán a cooperar y a organizarse en asociaciones sectoriales. En estas asociaciones sectoriales se calculan los tiempos de trabajo promedio de los productos. Los consumidores pagan, por lo tanto, un «precio promedio»: «Esta fusión horizontal no es, sin embargo, un «cártel» impuesto cuyos objetivos se hacen cumplir por la administración estatal excluyendo a los productores de la dirección del proceso de producción, emitiendo órdenes fuera de las propias empresas. El cómo y el porqué está completamente claro, «transparente» para cada trabajador, porque, en primer lugar, los trabajadores entienden muy bien que no deben «competir» entre ellos; y, en segundo lugar, porque aprenden rápidamente que la producción planificada sólo es posible sobre la base de la media social.»39
En quinto lugar, la publicidad de las cuentas y los planes, junto con las reglas generales de control de la planificación, protegen contra la arbitrariedad y tienen implicaciones significativas para el carácter libertario del cálculo del tiempo de trabajo. Dado que los movimientos en las cuentas reflejan la demanda real de los productos, se necesitarían buenas razones, externas al cálculo del tiempo de trabajo en sí, para rechazar un plan cuya producción se haya llevado a cabo según lo previsto y haya sido demandada. Estas razones pueden existir y pueden ser, por ejemplo, de índole moral, ecológica o política. Sin embargo, en ausencia de tales razones, las empresas dependen principalmente de la demanda, es decir, las necesidades reales de las personas determinan lo que se produce. No estamos, por lo tanto, ante una economía de mando, sino ante un principio económico acorde con la autogestión: «En este estado de cosas, nada es «asignado» por nadie. No se trata de un reparto por las personas, sino por la producción de la propia empresa. La relación del productor con el producto social reside en las cosas mismas. Esta es, pues, la explicación del secreto, por qué un aparato estatal no tiene nada que ver con la producción. Toda la economía de la empresa está en un terreno muy real, porque los productores y los consumidores pueden dirigir y administrar todo el proceso por sí mismos, y al mismo tiempo no hay terreno fértil para la explotación y la opresión. Sólo sobre esta base se crean las condiciones para que el Estado pueda «marchitarse»».40
6.Transiciones
¿Qué hacer entonces con esta teoría, que, admitámoslo, es algo árida y quizás un poco aburrida? ¿Alguna vez la gente se sublevará por una contabilidad comunista? Probablemente no. Y, sin embargo, estamos convencidos de que el cálculo del tiempo de trabajo debe ser un pilar fundamental para renovar la teoría y la práctica del socialismo libertario y llenarlas de nueva vida. Porque todas las personas prácticas saben que los eslóganes bonitos, por sí solos, no llenan el estómago. También el día después de la revolución, los estantes deben estar llenos, y, al fin y al cabo, todas las personas trabajadoras tienen interés en poder realizar su labor de manera autodeterminada y en libre cooperación con los demás. El cálculo del tiempo de trabajo proporciona un principio igualitario para ello.
Esta teoría es lo suficientemente concreta como para que podamos empezar a experimentar con ella aquí y ahora. De manera similar a los bancos de tiempo existentes, se podrían tejer redes de solidaridad que también incluyan a empresas colectivas. Ya estamos desarrollando una aplicación que implementa las funciones esenciales de una economía basada en este principio.41 Un objetivo deseable podría ser que grupos de base anarquistas y consejistas, en conjunto con sindicatos, organizaciones laborales, etc., construyan una red transnacional de economía autogestionada y basada en el tiempo de trabajo. A través de ella, no solo podrían adquirir el conocimiento técnico necesario, sino también desarrollar una infraestructura que, en caso de crisis capitalistas cada vez más graves, permita garantizar un abastecimiento social cada vez más amplio sobre una base no capitalista y crecer a partir de sus propios fundamentos.
En los debates actuales, la izquierda aparece sobre todo como una fuerza crítica, mientras que la derecha, con sus propuestas represivas, condenadas al fracaso pero bastante concretas, sigue ganando terreno. La teoría del cálculo del tiempo de trabajo es adecuada para proporcionar una base común y una perspectiva positiva a corrientes clásicas del movimiento obrero, como el movimiento cooperativista, el feminismo o el movimiento sindical, y puede ser efectivamente llevada a la práctica. Las luchas laborales radicales, la toma de empresas por parte de sus trabajadores y la creación de cooperativas productivas podrían integrarse en un marco revolucionario con sentido. Las enormes desigualdades de riqueza en el capitalismo, la explotación cotidiana, la lógica de competencia entre los Estados capitalistas y la amenaza constante de nuevas guerras mundiales no deben ser solo objeto de crítica negativa. En su lugar, es necesario contraponerles una alternativa positiva, que no esté históricamente desacreditada y que sea lo suficientemente sencilla para que todas las personas puedan comprenderla.
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1Philips/Rozworski 2019; Daum/Nuss 2021
2Una lista de modelos actualmente debatidos se encuentra en https://www.democratic-planning.com/info/models/
3Gómez 2024: 13
4Santillán 2020: 211
5Véase https://arbeitszeit.noblogs.org/es/basics/. Nos referimos en este artículo a la edición de Dos Cuadrados (GIKH 2024)
7Cibcom: Prólogo: Los «Principios fundamentales» hoy, en: GIKH 2024 : 7-8
8Ruggeri 2018: 99
9Ruggeri 2018: 218
10Augustin Souchy: Anarcho-Syndikalisten über Bürgerkrieg und Revolution in Spanien. Según Santillán 1974: 438
11Ruggeri 2018: 183-184
12Engels a Eduard Bernstein del 28 de enero de 1884, en: MEW 36: 92. [Traducción propia]
13Prólogo, en: Azzellini/Ness 2012: 11. [Traducción propia]
14Behrens 2025. Planeamos publicar el texto en 2025. [Traducción propia]
15GIKH 2024: 70-71
16GIKH 2024: 73
17GIKH 2024: 75
18GIKH 2024: 51. También Dario Azzellini critica que la forma de los consejos permanezca en el ámbito político: «La autogestión de la producción por parte de los trabajadores y trabajadoras, organizada en forma de consejos, sigue siendo, más que nunca, la «forma política finalmente descubierta bajo la cual puede realizarse la liberación económica del trabajo» […]. Sin embargo, sigue siendo una «forma política», y en última instancia, la emancipación de la humanidad consiste en superar la política». (Azzellini 2018: 312; Traducción propia)
19Schröter, Jens: Die sozialistische Kalkulationsdebatte und die Commons, in: Daum/Nuss 2021: 171 [Traducción propia]
20Gómez 2024: 168
21Bernecker 1978: 158 [Traducción propia]
22Seidmann 2011: 205 y siguientes
23Ruggeri 2018: 196
24Bernecker 1978: 104 [Traducción propia]
25Bernecker 1978: 255 [Traducción propia]
26Ruggeri: Prólogo, en: Santillán 2020: 9
27Santillán 2020: 262
28Santillán 2020: 190
29Santillán 2020: 200
30Santillán 2020: 160-161
31Ruggeri escribe sobre la propuesta de Santillán: «Esta coordination es entre unidades productivas, organismos locales, regionales y nacionales. El esquema parte del consejo de fábrica (formado por los trabajadores y los técnicos, los cuales pueden ser sus antiguos dueños o personal jerárquico) o consejos agrarios; sindicatos locales, consejos de ramos, consejos regionales hasta llegar al consejo federal de la economía». (Ruggeri 2018: 214). Similar Bernecker: «El diseño organizativo de Abad de Santillán partía de la empresa individual como núcleo de la producción. En las revoluciones se formarían consejos de fábrica, empresa e industria, que representarían a los productores según principios de democracia directa. Para la organización del trabajo supralocal, se preveían sindicatos comerciales e industriales. En el ámbito económico, las comunas debían federarse entre sí. También el esquema de Santillán se basaba en el paralelismo de organizaciones profesionales y locales». (Bernecker 1978: 153; Traducción propia)
32Bücker 2022; Haug 2008
33Marx 2007: 101
34Marx 2004: 29
35GIKH 2024: 133
36GIKH 2024: 126-127
37GIKH 2024: 130
38GIKH 2024: 67
39GIKH 2024: 99
40GIKH 2024: 124
41https://github.com/ida-arbeitszeit/arbeitszeitapp

