Nota: Este texto fue traducido con IA por motivos de tiempo.
El libro Grundprinzipien kommunistischer Produktion und Verteilung de Hermann Lueer se publicó por primera vez en 2018 y constituye un comentario promocional sobre el libro homónimo del Grupo de Comunistas Internacionales (GCI). A Lueer le corresponde, en cualquier caso, el mérito de haber publicado la obra de la GCI Über die Grundprinzipien der kommunistischen Produktion und Verteilung en su versión de 1935 en la editorial Red & Black Books. En este pequeño folleto complementario, publicado en la misma editorial, el autor pretende resumir de manera puntual los principios fundamentales de la obra de la GCI, al mismo tiempo que critica los habituales argumentos ideológicos que justifican el capitalismo y refuta las objeciones más comunes contra una forma de producción socialista. El objetivo del autor es, según sus palabras, “introducir de forma libre las ideas centrales de Grundprinzipien kommunistischer Produktion und Verteilung en el debate actual sobre la cuestión de la alternativa al capitalismo” (p. 14). Aunque el texto original –por mucho que no haya perdido actualidad– sigue siendo, necesariamente, “hijo de su tiempo” (íbid.). Por ello, el autor comenta en gran medida citas originales tanto de la obra de la GCI como de Karl Marx (una cita importante se menciona ya en la introducción) y las vincula con cuestiones y debates contemporáneos, con el fin de promover la obra Grundprinzipien y, sobre todo, una alternativa comunista más allá del socialismo estatal.
En este sentido, el libro comienza de algún modo con un preludio crítico de la ideología, a saber, con la refutación de tres ideologemas conocidos que a menudo se utilizan para justificar el capitalismo: las fuerzas autorreguladoras del mercado (“mano invisible”), el progreso técnico y su supuesta falta de alternativas. Ya aquí el autor demuestra que es capaz de ir al grano sin perder muchas palabras. El primer punto (“mano invisible del mercado”) lo critica señalando que en los mercados capitalistas no se trata principalmente de satisfacer necesidades, sino de atender a la demanda solvente y, por lo tanto, que la economía de mercado tampoco es eficiente. La eficiencia significaría, según Lueer, la “optimización de la relación entre esfuerzo y rendimiento para todos los miembros de la sociedad” (p. 20), pero en la economía de mercado eficiencia significa que los asalariados “ingresan como variable en un cálculo de costes y beneficios ajeno” (íd.). En el segundo punto, Lueer hace notar que el capitalismo no es la causa directa del progreso técnico, sino que son el “entendimiento humano y la división del trabajo” (p. 24). Estas capacidades genuinamente humanas solo se utilizan de manera intensiva en forma capitalista “con el fin de la enriquecimiento privado de los propietarios de los medios de producción” (íd.), pero no son producidas por el capitalismo. El tercer punto lo trata el autor sobre todo desde la perspectiva del socialismo real. Su colapso habría demostrado claramente la falta de alternativas del sistema económico capitalista. Para ello cita especialmente al pensador austríaco del neoliberalismo Ludwig von Mises, quien se opone a las ideas de una planificación socialista basada en la necesidad de una unidad de cálculo, a saber, el dinero. Lueer plantea, siguiendo a la GCI, que el tiempo de trabajo también podría servir como unidad de cálculo a nivel macroeconómico. Sin embargo, el autor “lo demuestra” únicamente confrontando la cita de Mises con citas de Friedrich Engels y de la GCI. En este punto se tiene la impresión de que el autor se tomó el camino más fácil. Las reseñistas habrían deseado que Mises fuera criticado más directamente con sus propias palabras, lo que habría dado más peso a las objeciones que limitarse a recurrir a citas que ni siquiera se refieren a Mises. Incluso en el apartado sobre el progreso técnico, el aspecto de la diferencia entre materia y forma del trabajo social y su forma de organización capitalista podría haberse desarrollado más. No siempre el estilo conciso del autor resulta ventajoso.
Después de este preludio comienza la parte principal, que se refiere directamente al texto de Grundprinzipien. Con la demanda de la “Vergesellschaftung der Produktionsmittel” (Con la demanda de la. p. 32) se nombra la condición más importante para la contabilidad del tiempo de trabajo, a saber, la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y, con ello, la eliminación del trabajo asalariado como forma alienada de trabajo. La crítica al trabajo asalariado, expresada en palabras fácilmente comprensibles, le sale nuevamente al autor de manera excelente. Se exige la contabilidad del tiempo de trabajo sobre la base de la propiedad colectiva de los medios de producción, de modo que la proporción del propio trabajo en relación con el trabajo total sea transparente para todos los participantes y que los propietarios privados no puedan apropiarse de trabajo adicional. Este tema se aborda también en el capítulo siguiente, “Der Verein freier Menschen” (Este tema se aborda también en el capítulo siguiente, p. 38), en el que el autor señala con acierto la interdependencia entre la propiedad colectiva de los medios de producción y la contabilidad del tiempo de trabajo. Solo mediante esta última se garantiza la transparencia y la igualdad, mientras que el mero hecho de que los medios de producción sean colectivizados o nacionalizados, sin contabilidad del tiempo de trabajo, podría dar lugar en cualquier momento a una economía de mando autoritaria. Solo tendría lugar un simple intercambio de élites.
Según Lueer, la contabilidad del tiempo de trabajo tiene como objetivo una planificación a nivel societal que funcione según “gleichen ökonomischen Regeln” (que funcione según, p. 40) tanto en la producción como en el consumo. La iniciativa de planificación corresponde a cada empresa, que intercambia entre sí los bienes de acuerdo con las horas de trabajo promedio invertidas en ellos. Del mismo modo, todos los consumidores pueden cambiar libremente los certificados de trabajo que reciben por su trabajo realizado por cualquier bien de consumo. A nivel societal, esto significa, con respecto a los certificados de trabajo, que estos “inhaltlich nichts anderes”(nada diferente en cuanto al contenido) son “que la comparación de la distribución del trabajo anticipada en la planificación común. A través de la contabilidad del tiempo de trabajo, la cuestión de la distribución se resuelve así en la planificación de la producción. La planificación de la reproducción social no significa otra cosa que conectar el tiempo de trabajo social necesario para satisfacer las necesidades con la suma del trabajo individual disponible” (p. 41).
De acuerdo con la idea económica expuesta en la cita más larga anterior y que, a nuestro juicio, es muy correcta e importante, el autor retoma este punto en el siguiente apartado, “Jeder nach seinen Bedürfnissen” (Cada uno según sus necesidades, p. 50). En este apartado se trata del factor del consumo individual (FCI), que regula la proporción de bienes y servicios públicos disponibles gratuitamente. Las horas invertidas en estos deben deducirse del total de horas y compensarse con ellas. Según el principio “Jeder nach seinen Bedürfnissen” (Cada uno según sus necesidades), el consumo individual se reduce en favor del sector público, en el que todos los servicios pueden ser utilizados sin contraprestaciones. A largo plazo, según Lueer, se podrían transferir rápidamente grandes partes de la producción de bienes de consumo y del sector de servicios sociales al sector público. Sin embargo, incluso una transferencia completa de la producción a empresas públicas no significaría prescindir de la contabilidad del tiempo de trabajo. Esta es necesaria, entre otras razones, porque sirve como “ökonomisches Maß” (medida económica, p. 52). Por lo tanto, se trata menos de una obligación de rendimiento –una objeción que los críticos de la contabilidad del tiempo de trabajo suelen repetir– y más de la organización racional y de la “comparación” a nivel macroeconómico mencionada en la cita anterior. Que Lueer haya enfatizado y dejado constancia de esto es, sin duda, uno de los grandes méritos de su comentario.
Bajo el encabezado “Jeder nach seinen Fähigkeiten” (Cada uno según sus necesidades, p. 56) se trata otro principio importante de la contabilidad del tiempo de trabajo, a saber, el principio de que cada hora debe contar por igual. Se rechaza la objeción común de que los trabajos complicados deberían remunerarse más, ya que se ha invertido más dinero y tiempo en la formación superior, y que la equiparación de todas las tareas desvalorizaría los trabajos complejos, con el argumento de que en una sociedad socialista todos los costes de formación serían asumidos por la sociedad, por lo que tendría poco sentido seguir hablando de “höheren Produktionskosten” (costes de producción más elevados, p. 59) de la fuerza de trabajo. También se aborda el tema de los trabajos desagradables, que, en caso de que nadie quisiera realizarlos, deberían tener un mayor peso. Esto implica la distribución de las tareas desagradables entre el mayor número posible de personas, para que cada individuo pase menos tiempo en estas tareas (p. 62). El autor contempla al menos a largo plazo una flexibilización de la rígida división del trabajo estructurada por el capitalismo y de sus jerarquías. Dado que este punto es sumamente importante, podría haber sido desarrollado más por el autor, especialmente porque aquí se abordan temas que la GCI había tratado de manera insuficiente o, como la distinta ponderación de los trabajos desagradables, ni siquiera había tratado.
Con el lema “Die »Diktatur« der öffentlichen Buchführung” (La “dictadura” de la contabilidad pública, p. 64) se cierra finalmente la exposición sobre la contabilidad del tiempo de trabajo y sus principios fundamentales. Aquí se mencionan por primera vez los consejos como los órganos administrativos decisivos. El autor, en consonancia con la GCI, rechaza las estructuras estatales superiores. Cada empresa debe estar organizada de manera democrática en consejos de base y ser gestionada por los propios trabajadores. La contabilidad pública cumple una función de control a nivel societal, ya que aprueba o rechaza los planes de cada empresa. Los criterios decisivos son estrictamente cuestiones técnico-económicas (como baja productividad, falta de demanda, etc.). Hermann Lueer adopta aquí una postura decididamente antipolítica, lo cual resulta simpático en un primer momento, ya que, al igual que la GCI, quiere mostrar que la planificación económica puede funcionar sin dirección estatal central. Sin embargo, con respecto a decisiones entre empresas o de ámbito suprarregional, sus reflexiones dejan un vacío que curiosamente se llena mediante comités de expertos. Así escribe: “Konzeptionelle Überlegungen, beispielsweise im Bereich Verkehr, Energieversorgung, Landwirtschaft, Umwelt, Medizin, Ausbildung etc. müssen hierfür von Fachabteilungen der zentralen Planungsorganisation sachlich ausgearbeitet und nach ausführlicher gesellschaftlicher Diskussion der Bevölkerung zur Entscheidung vorgelegt werden” (Las consideraciones conceptuales —por ejemplo en los ámbitos del transporte, el suministro energético, la agricultura, el medio ambiente, la medicina, la formación, etc.— deben ser elaboradas de manera objetiva por los departamentos especializados de la organización central de planificación y, tras un amplio debate social, ser sometidas a la decisión de la población, p. 65). Seguramente, el lector benevolente entenderá a qué se refiere, pero la formulación tiene un matiz algo insípido. Esto se debe, entre otras cosas, a que primero se da a entender que se podría prescindir completamente de superestructuras políticas, pero luego queda claro que ciertas tareas y cuestiones fundamentales que afectan a toda la sociedad deben tratarse también a nivel societal. Suena un poco como si no se quisiera o no se pudiera decir “Estado”, por lo que se habla de “Fachabteilungen”. Qué implican exactamente estos departamentos queda bastante oscuro. Tal vaguedad también tiene sus ventajas: impone menos directrices abstractas, ya que, al fin y al cabo, las personas deben crear sus propios órganos y comités políticos, y ¿quién puede decir exactamente cómo se hace eso? Sin embargo, con respecto a estas cuestiones políticas, a menudo se tiene la impresión de que se parte de la base de que la organización puramente económica de la sociedad, sobre la base de consejos de empresa y la contabilidad del tiempo de trabajo, es suficiente. Por cierto, este déficit no es responsabilidad principalmente de Hermann Lueer, sino de la propia obra de la GCI, cuya idea de un “Allgemeiner Rätekongress” también queda en gran medida indefinida.
Esto tiene, por supuesto, sobre todo razones históricas de peso. Al fin y al cabo, la Grundprinzipienschrift surgió en su momento en explícita delimitación frente a las concepciones socialdemócratas de socialismo de mercado y de Estado, por un lado, y frente a las de los bolcheviques, por otro. Precisamente los desarrollos en la Unión Soviética durante la guerra civil y en los años posteriores, cuando la dirección estatal central basada en una contabilidad monetaria se fue ampliando cada vez más y el Partido Comunista obtuvo un control irrestricto sobre el aparato estatal, constituyeron el gran ejemplo negativo de una revolución social fracasada en interés de los trabajadores, frente al cual la GCI fue elaborando su posición. El autor resume nuevamente de forma concisa estos desarrollos en el último capítulo, “Das Elend des Realsozialismus” (La miseria del socialismo real, p. 69). Este excurso al final parece, en un primer momento, contradecir su pretensión de actualizar los “Grundprinzipien”, ya que en la introducción había afirmado que la GCI había permanecido demasiado como “Kind ihrer Zeit geblieben” (Seguía siendo hija de su tiempo, véase arriba). ¿Por qué entonces retomar ahora los viejos debates? Sin duda, una de las respuestas no menos importantes es que con la producción y distribución comunistas tal como aquí se conciben no se pretende, precisamente, una reedición del ineficiente y autoritario socialismo de cuartel. Sin embargo, en ese caso la crítica podría haberse situado —como ya ocurría en la obra de la GCI— al comienzo del libro. Abordar todo ello al final solo habría tenido pleno sentido si se hubiera tomado mayor distancia del texto original y se hubiera tratado con más detenimiento el problema de la organización política del modo de producción socialista, tal como ya se insinuaba en el capítulo sobre la «Diktatur” der öffentlichen Buchführung (la “dictadura” de la contabilidad pública). Pues de estas preguntas incómodas, que todas ellas tienen que ver con la comprensión de la forma y la función de la violencia estatal en el capitalismo, un movimiento comunista de consejos —si es que alguna vez llega a surgir— no podrá eludir a largo plazo, especialmente en lo que respecta a una estrategia de transición revolucionaria y al “Absterben des Staates” (la desaparición del Estado, Engels). Si se eluden estas cuestiones, al final no se podrá decir mucho más que que una “erfolgreiche soziale Revolution” (revolución social exitosa) requiere una “klare Einsicht darüber”, “was mit den Produktionsmittel anzufangen” sei (clara comprensión de qué hacer con los medios de producción), y que “die Durchsetzung der individuellen Arbeitszeit als Maß für den Anteil am Produkt der gesellschaftlich notwendigen Arbeit die höchste Forderung” sei, “welche das Proletariat stellen” könne (la imposición del tiempo de trabajo individual como medida de la participación en el producto del trabajo socialmente necesario es la demanda más alta que puede plantear el proletariado, pp. 82 s.). Estas afirmaciones son, en lo sustancial, por supuesto correctas, pero tomadas por sí solas permanecen demasiado en lo general y adquieren así un carácter algo formular. Esto parece ser percibido también por el propio autor, y por ello el libro añade a la conclusión un epílogo que, con palabras propias, vuelve a resumir de manera libre las tesis centrales del Manifiesto Comunista de 1848. Independientemente de toda la genialidad y clarividencia con la que el Manifiesto fue redactado en su momento por Marx y Engels, esta reutilización del texto resulta algo extraña al final del libro, máxime cuando, en el cierre, se abandona el texto original para advertir, en conexión con la teoría del Estado autoritario de Max Horkheimer, sobre la amenaza permanente del fascismo. De este modo se obtiene la impresión de que el autor, por un lado, coincide con el pronóstico del Manifiesto según el cual la progresiva socialización acompañada de un creciente empobrecimiento de la población trabajadora conduciría inevitablemente a una revolución social, pero por otro quiere ser consciente de inmediato de la posibilidad amenazante del fascismo. Aquí se refuerza aún más la sensación de que el propio autor tiene más presente la época en la que se redactaron los “Grundprinzipien” (principios básicos) que la actualidad. Si bien el objetivo de Hermann Lueer era únicamente actualizar el contenido del libro —y en gran medida lo logra—, precisamente los giros finales de la obra muestran que resulta imprescindible un análisis actual de la situación presente, que debería estar sólidamente fundamentado tanto desde la teoría de la crisis como desde la sociología del trabajo y de las clases, así como reflexiones estratégicas vinculadas a ello sobre la implementación de la contabilidad del tiempo de trabajo sobre la base de la propiedad colectiva de los medios de producción.
Así pues, al menos en la actualidad, parece poco probable que en una gran revolución proletaria se socialicen las industrias clave y que la contabilidad del tiempo de trabajo se convierta de golpe en el principio regulador de todo el tráfico global de mercancías. Es más probable que una economía basada en el tiempo de trabajo crezca inicialmente a pequeña escala, se expanda solo lentamente y, en un primer momento, coexista con la economía de mercado. En ese contexto, las empresas socialistas podrían obtener sus medios de producción del circuito capitalista de mercancías, lo que haría necesario convertir los certificados de horas en dinero. Solo cuando la economía del tiempo de trabajo haya alcanzado una cierta expansión suprarregional y haya podido demostrar en la práctica sus ventajas económicas y sociales, podría volverse más atractiva para otros sectores de la población, especialmente si, a través del continuo proceso de crisis capitalista, los mercados y las estructuras políticas colapsan y amplias capas de los asalariados ya no pueden reproducirse sobre una base capitalista. En ese caso, una economía del tiempo de trabajo ya existente constituiría una alternativa realista y quizá podría surgir un movimiento que abogara por una socialización más amplia de las empresas capitalistas y su integración en una economía de este tipo.
Sin embargo, consideraciones preliminares tan fragmentarias como las aquí esbozadas no pueden anticipar la confrontación y el debate teórico-estratégicos que serían necesarios, ni pretendemos en modo alguno reprochar a Hermann Lueer que no los haya desarrollado en su libro. No obstante, precisamente a la luz del epílogo de la obra, vemos allí un gran punto ciego en el debate sobre la contabilidad del tiempo de trabajo, que habrá que superar tanto teórica como prácticamente en los próximos años. Consideramos la reedición de Grundprinzipien der kommunistischen Produktion und Verteilung (Principios fundamentales de la producción y la distribución comunista), impulsada de manera decisiva por Hermann Lueer, así como su comentario conciso, como un inicio logrado. Especialmente para personas jóvenes o recién interesadas, este libro ofrece una introducción muy accesible a una temática ciertamente compleja y aporta muchos buenos argumentos a favor de la contabilidad del tiempo de trabajo. Además, el libro reúne en poco espacio las citas más importantes y certeras de Marx y Engels, así como de la GCI, sobre este tema. Por ello, también se presta muy bien como lectura introductoria o complementaria para círculos de lectura autoorganizados u otros formatos similares. En este sentido, este libro queda recomendado a los lectores y lectoras.
Hermann Lueer: Grundprinzipien kommunistischer Produktion und Verteilung (Principios fundamentales de la producción y la distribución comunista). Red & Black Books 2018, 102 páginas.

